Todos conocemos ya el resultado de esta historia, el final de una aventura que comenzó ya hace unos cuantos meses, fue en agosto de 2008 cuando me di cuenta que la posibilidad de clasificarse para el campeonato del mundo de 70.3, o lo que es lo mismo, medio Ironman, era posible si forzaba un poco más en los entrenamientos, ya que creo que esta es mi distancia ideal.
Y la clasificación llegó en una carrera casi perfecta en cuanto a organización, el 70.3 de Wiesbaden en Alemania. Para mí, la carrera más dura de mi vida. En cuanto a ritmo, creo que fui con sensación de sufrimiento desde los 100 m iniciales de la natación, pero el resultado mereció la pena, con todo el equipo certificando el objetivo del año.
La clasificación para el campeonato del mundo estaba conseguida y había que ir organizando la excursión a Miami y Clearwater. Al principio sólo Daniel y yo, luego mama y el último día Eva. La pena es que desde el principio sabíamos que Lorena no podría acompañarnos. El FELTD Team se quedaba un poco cojo.
Una vez en Estados Unidos la aclimatación iba perfecta, sin problemas y muchas hamburguesas, que aún no tocaba pasta. La incertidumbre estaba en la tormenta tropical Ida, que estaba en el Golfo de Méjico y no daba buenos pronósticos, sobre todo de viento. Para la compañía esto supuso no pisar la playa sólo para pasear. Como ya ha contado Daniel, esto incluso obligó a cambiar la natación de lugar, de mar abierto a una zona de puerto cerrada.
Los antecedentes de toda esta historia darían para muchas hojas, pero lo que realmente me apetece es contar todo lo que sentí y ocurrió el día que conseguí finalizar el Campeonato del Mundo 70.3, pese a todo lo que luego contare.
Día de la carrera:
El despertador suena a las 4:00 de la mañana para desayunar algo, un plátano, dos magdalenas de arándanos y un café made in USA, que malos están. Al resto del equipo no parece haberles costado mucho levantarse, y es que tenemos que salir pronto porque hay que coger un autobús que nos deja en la salida, que aparcar en la zona es imposible.
A las 5:00 estamos montándonos en un autobús con unos pocos más para cruzar desde Clearwater a la zona de la playa. Pocas palabras y mucho sueño. Nervios pocos, uno se va acostumbrando ya a estas situaciones, lo único, miedo a ver como respondían las piernas a los dolores tan persistentes del último mes y a no haber nadado en más de diez días. En quince minutos estamos enfilando la calle para entrar en boxes y hacer el correspondiente marcaje de números. Es de noche cerrado. Hay mucha gente pintando, así que no tardo nada, a mi me han marcado con rotulador y a otros, como tantas veces he visto por televisión, con sellos y tinta.
Y la clasificación llegó en una carrera casi perfecta en cuanto a organización, el 70.3 de Wiesbaden en Alemania. Para mí, la carrera más dura de mi vida. En cuanto a ritmo, creo que fui con sensación de sufrimiento desde los 100 m iniciales de la natación, pero el resultado mereció la pena, con todo el equipo certificando el objetivo del año.
La clasificación para el campeonato del mundo estaba conseguida y había que ir organizando la excursión a Miami y Clearwater. Al principio sólo Daniel y yo, luego mama y el último día Eva. La pena es que desde el principio sabíamos que Lorena no podría acompañarnos. El FELTD Team se quedaba un poco cojo.
Una vez en Estados Unidos la aclimatación iba perfecta, sin problemas y muchas hamburguesas, que aún no tocaba pasta. La incertidumbre estaba en la tormenta tropical Ida, que estaba en el Golfo de Méjico y no daba buenos pronósticos, sobre todo de viento. Para la compañía esto supuso no pisar la playa sólo para pasear. Como ya ha contado Daniel, esto incluso obligó a cambiar la natación de lugar, de mar abierto a una zona de puerto cerrada.
Los antecedentes de toda esta historia darían para muchas hojas, pero lo que realmente me apetece es contar todo lo que sentí y ocurrió el día que conseguí finalizar el Campeonato del Mundo 70.3, pese a todo lo que luego contare.
Día de la carrera:
El despertador suena a las 4:00 de la mañana para desayunar algo, un plátano, dos magdalenas de arándanos y un café made in USA, que malos están. Al resto del equipo no parece haberles costado mucho levantarse, y es que tenemos que salir pronto porque hay que coger un autobús que nos deja en la salida, que aparcar en la zona es imposible.
A las 5:00 estamos montándonos en un autobús con unos pocos más para cruzar desde Clearwater a la zona de la playa. Pocas palabras y mucho sueño. Nervios pocos, uno se va acostumbrando ya a estas situaciones, lo único, miedo a ver como respondían las piernas a los dolores tan persistentes del último mes y a no haber nadado en más de diez días. En quince minutos estamos enfilando la calle para entrar en boxes y hacer el correspondiente marcaje de números. Es de noche cerrado. Hay mucha gente pintando, así que no tardo nada, a mi me han marcado con rotulador y a otros, como tantas veces he visto por televisión, con sellos y tinta.
Creo que somos de los primeros, porque cuando llego a la bici, no hay casi ninguna preparada. Seco el cuadro y el sillín y a hacer los últimos preparativos: hinchado de ruedas y pegar los geles al cuadro para aguantar la paliza que me espera. Llevo más de los normales por si acaso hace mucho calor, que es lo que parece que vamos a tener sin casi viento. Los boxes son bastante cutres para la carrera que es, mi bici no cabe por debajo de donde va enganchada y tengo que inclinarla tanto que doy a las bicis de al lado.
