lunes, 23 de febrero de 2009

Ironman Zurich 08 (Parte 1)

Daniel esta demasiado ocupado y ya hemos tardado en contar nuestra segunda experiencia en un Ironman.

A pasado más de un año y me veo de nuevo escribiendo sobre las sensaciones y todo lo ocurrido en otra locura, otro Ironman pero esta vez en Suiza, el Ironman de Zurich.
Lo primero que hay que contar es:

“SOY UN IRONMAN…OTRA VEZ”.

Después de meses de entrenamiento al borde de la lesión, muchas dudas de poder siquiera estar en la salida, de la climatología durante toda la carrera, de haber soñado durante años y ya van dos; pero sobre todo haber contado con el apoyo de casi todo el equipo, de tener a Eva colgada de Internet todo el día y al otro equipo en la sombra, los compañeros de Daniel, lo conseguí.

Lo mejor es intentar describir todo lo que sucedió y paso por mi cabeza durante tantas horas.

“4:15 de la mañana, me despierto con el sonido del despertador, lo que es buena señal porque quiere decir que estaba dormido y no pendiente de la incesante lluvia que no ha parado desde ayer por la tarde, pero el pronóstico dice que sólo serán tormentas (no me acordare veces durante todo el día de los del pronóstico). Me visto para despertarme lo antes posible, empezar a activarme y recoger en recepción del hotel el desayuno que amablemente nos dan a las 4:30 de la mañana. Para mi sorpresa tienen café y te caliente, como lo agradezco. Me subo todo a la habitación: un zumo, un sándwich de jamón y un te. Organizo los últimos detalles de las bolsas con la ropa para todas las circunstancias posibles. A diferencia de Lanzarote aquí no te guardan la ropa, la tienes que dejar en boxes con la bici, todo junto como si fuera un sprint. Aparecen Daniel y Lorena, con una cara de sueño difícil de disimular, pero para ellos también va a ser un día duro, mama ya estaba despierta. Por supuesto ellos no tienen estomago para desayunar. A las 5:00 tenemos que estar en recepción porque tenemos un taxi para ir a la salida. Puntualidad suiza, nos están esperando y yo con mis bolsas y el resto del equipo con su comida, cámaras y ponchos para el agua, nos vamos. En ese momento no tenía muy claro a donde, estaba lloviendo, frío, de noche y por el camino nos cruzábamos con la gente aún de fiesta.

En este punto he de decir que odio la lluvia y más si hago cualquier tipo de ejercicio.

Llegamos a la zona de transición, la gente se resguarda como puede del agua, debajo de los árboles, con bolsas para tapar bicis, chubasqueros improvisados. Sorprendentemente me seguía planteando que hacia yo allí, pero a la vez no dudaba que lo iba a intentar, me lo debía y se lo debía a todo el equipo. Seguí con la rutina de cualquier carrera, intentando colocar todo de tal manera que nada se mojara con bolsas cerradas, hasta colocar los geles en el cuadro era una odisea para que se quedaran pegados, mientras yo estaba empapado debajo de un poncho moviéndome como podía.


Si al silencio de los boxes de un Ironman, le añadimos la sensación de la lluvia sobre nosotros nos queda un extraño sentimiento muy parecido al miedo, con los corazones disparados y las miradas clavadas al suelo, evitando cruzarte con la gente, te ausentas o por lo menos lo intentas. Mi tiempo en boxes es mínimo, lo que lamento, porque me gusta disfrutar de esos momentos, creo que es una parte muy importante de un Ironman, donde se siente el verdadero espíritu de esta carrera.

Cojo el neopreno y nos vamos a la carpa comedor que hay cerca de boxes para estar cubiertos. Aún son las 5:40, demasiado pronto. En la carpa nos congregamos unos cuantos incautos. Estábamos todos un poco asustados, pero me di cuenta que las miradas de todos los acompañantes no eran más optimistas que las nuestras. Por lo menos Daniel se lo paso muy bien viendo a un “enfermo” calentar como si fuera a correr un triatlón sprint y quedaba más de una hora para salir. Yo ya no sabía como sentarme ni que hacer.


A las 6:15 me doy cuenta que tengo que ir a boxes a dejar las zapatillas de correr, así que para no mojarme más me pongo el neopreno, con todo su ritual pero en esta ocasión en lugar de protector solar, me pongo la crema de calentamiento para evitar el frío. A boxes voy yo solo con mama. Dejo las zapatillas bien tapadas para que no se mojen y corriendo a la salida porque al final como siempre son prisas.

Fue todo un poco extraño, de repente se acelero todo y grupos ingentes nos dirigíamos a la salida bajo la lluvia, casi sin luz. Primero dejo la mochila en el “guardarropa”, tirada en el suelo sólo tapada por unos plásticos y tengo que confiar que mi ropa se mantenga seca para después de la carrera, estos suizos me parecen poco previsores. Por el camino llamo a Eva. Me lo coge rápido, estaba esperando. Unas palabras de ánimo y mucha suerte. Ya no podré hablar con ella hasta dentro de 12-13 horas, pero quedamos en que sea siendo un Ironman.

No habíamos llegado a la salida y oímos el pistoletazo de salida, el pánico se extiende entre todos, pero eran los profesionales que salían cinco minutos antes. Aún así, sin casi despedirme, un beso al equipo y rápido al agua porque la salida era desde dentro. Más de 2000 personas metidas en el agua, chapoteando con la mirada fija en la primera boya, a unos 500. Después de Lanzarote y alguna otra carrera le he cogido confianza a la natación y me quitó los nervios de encima, si es que había alguno, porque miedo mucho. Me sitúo delante con más voluntad que certeza de que este es mi sitio.

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